De la escuela se trata…

 

  Y para ello la valoración sin límites de los directivos y docentes, por su capital profesional, pero también humano. Este capital educativo que se expresa en la cultura del encuentro, hoy lo definimos en el nuevo término de presencialidad. En los tiempos pasados se hacía la rutina de “pasar lista”. Los alumnos al oír su nombre, respondían…”presente“. Volvamos a pasar lista y a afirmar, con voz fuerte: ¡¡presente!!

Los niños y los adolescentes pasan por la escuela por poco tiempo y por una sola vez. Desperdiciar este tiempo es un sinsentido en el que no podemos caer.

Una buena escuela es aquella donde los docentes y los alumnos son su centro y desvelo. Los buenos maestros pueden hacer a la escuela mejor que las leyes y las reformas. Supera el currículo prescriptivo y lo hace creativo, novedoso y desafiante. Los niños y jóvenes se entusiasman cuando los animan y se aburren cuando lo persiguen con currículos envasados en latas, sin fecha de vencimiento. Por eso hay mucho en el campo de la pedagogía que hay que desaprender.

  Hoy hay trabajo y lugar para los mejores y se habla de la escuela de excelencia la que logra que algunos alumnos lleguen a esas posiciones. Pero una buena escuela cree en los dones  que tienen escondidos todos los alumnos y lo cultiva. Hace posible que puedan tener un buen lugar en la sociedad. Brindar equidad significa dar oportunidades a cada alumno. Es darle medios para prevenir situaciones que antes no existían, por ejemplo ante las nuevas vulnerabilidades.

 

Pero un cosa es cierta, siempre

“El sujeto paulatinamente aprende a ser autor, testigo y protagonista de su propia historia, capaz de escribir su propia vida y consciente de su propia existencia“ (P. Freire).

 

Y añade: Es necesario también desarrollar una pedagogía de la pregunta. Siempre estamos escuchando una pedagogía de la respuesta y aunque contestamos preguntas que los alumnos no nos han hecho, ellos son capaces de darnos respuestas inesperadas”.

 

La gran aventura del humanismo cristiano consiste en liberarnos de la cultura retributiva que domina sobre los otros y culpabiliza al vencido. Nosotros valemos mucho más.

Cuando buscamos el sentido de la vida, queremos un relato que explique la realidad y cuál es mi papel concreto en ella. Este papel me convierte en una parte de algo más grande que yo y da sentido a todas las experiencias y elecciones por las que tenemos que optar.

El humanismo cristiano es un humanismo solidario, que significa poner a la persona en el centro de la educación; en un marco de relaciones que constituyen una comunidad viva, interdependiente, unida a un destino común. La verdadera escuela debe enseñar conceptos, hábitos y valores; y cuando una escuela no puede esto en conjunto, esta escuela  es selectiva y exclusiva y para pocos.

Algunos han afirmado que la voz que oímos en nuestra cabeza nunca puede ser digna de confianza, porque siempre reflejará la propaganda, el lavado ideológico del cerebro y la publicidad comercial. Otros, sostienen que a medida que la biotecnología y el aprendizaje automático mejoren, será más fácil manipular las emociones y los sentimientos de la gente, y resultará más difícil que nunca seguir simplemente nuestro corazón y el sentido común.

La tecnología no es mala si sabés lo que quieres hacer en tu vida y tal vez te ayude a obtenerlo. Pero si no lo sabés, a la tecnología le será facilísimo moldear tus objetivos por ti y tomar el control de tu vida. Entonces hay que confiar en uno mismo, porque la tecnología puede ayudarte mucho, pero si acaba ejerciendo un gran poder sobre tu vida, podrías convertirte en un gran rehén de sus planes.

¿Qué es lo correcto cuando nos enfrentamos a una situación sin precedentes? ¿Cómo actuar cuando nos vemos inundados por enormes cantidades de información y no hay ninguna manera de poder asimilarla y analizarla toda? ¿Cómo vivir en un mundo donde la incertidumbre profunda no es un error sino una característica?

Para  profundizar el tema es necesario hablar de la tarea educativa y del trabajo institucional desde la perspectiva de la escolaridad del alumno: ingreso, permanencia y egreso. Es decir, desde la inclusión-exclusión como alumno; y desde el saber pedagógico, el trabajo en el aula y fuera de ella, como proyecto institucional y de la función docente.

La realidad nos presenta y nos dice hoy que no todos los niños y jóvenes  ingresan como alumnos en el tiempo debido y que algunos ingresan tarde y otros lo hacen sin continuidad de días, semanas y meses del año escolar. Así lo hemos comprobado durante el año 2020 por causa del COVID-19.

El drama más profundo de la educación argentina es precisamente la deserción escolar y las dificultades del sistema educativo para garantizar la continuidad de los alumnos en el sistema. Por eso en el concepto de escolaridad hablamos de permanencia o no permanencia. Porque ello nos señala si el alumno avanza año tras año, si repite una vez o más, y si abandona tempranamente.

O si por el contrario egresa acorde al período escolar previsto por el sistema. Estos datos nos plantean la cuestión del enseñar y el aprender. Además, intervienen otros factores externos que influyen sobre el ingreso y la escolaridad: cambio de escuelas, traslado de las familias, cambios curriculares oficiales a los que se somete a alumnos y docentes sin debida ponderación, cambios permanente  de sistemas de evaluación y modalidad, etc., etc.

Y en el año escolar que se inicia las nuevas adecuaciones como consecuencia de la pandemia.

Pero es importante dar cuenta que la inclusión pedagógica, -la unidad académica y  la articulación de niveles-, pone en juego el saber pedagógico.

Lo que implica: que todos asistan a la escuela y donde las condiciones: edilicias, docentes, tiempo lectivo,  tecnología, seguimiento, etc. estén aseguradas.

Que la escuela brinde a todos una formación integral, más allá de la situación de origen que traiga el alumno, depende del Ideario y Proyecto Educativo que ofrece y practica la institución. Y de manera real con la definición puesta en práctica de los objetivos institucionales, que atraviesan cada curso y cada nivel, dando cuenta de las características propias del proceso de enseñanza-aprendizaje que asume cada escuela. Que no sean simples e incumplibles propósitos, sino constatados en el quehacer diario. Más aún, fácilmente observables en el día a día. Objetivos que conforman la esencia del quehacer pedagógico.

 

Hay que estar atentos cada vez que surja una barrera de acceso al aprendizaje, a la inclusión y al proceso de continuidad del alumno en la escolarización. Y  dar las respuestas desde la propia escuela o desde la asistencia que puedan brindar otros agentes sociales. Nunca dejar a un alumno librado a la incertidumbre. El 2020 nos demostró la importancia y necesidad de las familias. Esa rica experiencia debe continuar. Los padres no solo son los primeros educadores sino los permanentes. Escuela y familia son dos fuentes educadoras que se enriquecen mutuamente cuando brota la confianza.

Se ha dicho con acierto, que el primer mal de la escuela no es la ignorancia de los alumnos y las deficiencias de los docentes, sino el desprecio que pueden sufrir por ello. La respuesta es la consideración. De ahí surge la necesidad de brindar en

todo el proceso del acto educativo la confianza entre alumnos y docentes, con el fin de enseñar y aprender en todo el transcurso de la escolaridad.

Uno aprende y sabe no sólo por el conocimiento que imparte el docente o la sociedad en general, sino por la comprensión y por el amor que en el proceso tanto social como escolar se brinda a los docentes y alumnos. Todo lo que no se enseña con amor debilita. Y débil es aquel a quien se separa de lo que podría querer y apreciar.

La virtud del docente -la calidad- está en la ejecución y también en el cómo se actúa. Será bueno preguntar a los alumnos sobre nuestros procederes docentes. De gran ayuda para desaprender manías y certezas equivocadas. Hay que reiterar que el oficio del docente muestra la omnipresencia de la afectividad en las relaciones pedagógicas. No se puede no querer algo del otro cuando se enseña y no se puede no esperar nada del otro. Alguna vez escuché, que para enseñar filosofía a Pedro hay que saber, antes, de Pedro…

También es cierto que, acceso a los resultados del trabajo docente suele aparecer como diferido, tardío y fuera del tiempo y lugar. Porque conocemos a tientas los resultado  de lo que se enseña o transmite. No sabemos a priori cuál es el destino de nuestros intercambios pedagógicos. A veces o casi siempre, los educadores escolares no disponen de ningún producto visible, nada concreto que exhibir de su trabajo. Una buena clase no tiene resultados inmediatos.

Pero si no podemos demostrar y mostrar lo que uno hace en el ahora, es porque  estamos en problemas. Importa también el resultado cotidiano, aunque no lo veamos en proyección. Es necesario, pues, identificar el camino para llegar. Aceptando  que siempre será importante iluminarlo, dando unidad  y coherencia al trayecto entre los niveles y cursos transcurridos para llegar al final.

Se tiene oficio cuando se es capaz de objetivar el trabajo producido:

…De esto y de aquello yo sé…”.

El alumno puede decir, en muchas ocasiones, como nosotros los adultos:…

“Sé hacer bien esto…” y “Me acuerdo dónde y cómo lo aprendí y quién me lo enseñó…”.

El siglo XXI está siendo diferente. Debido a la velocidad creciente del cambio, nunca puodés estar seguro de si lo que te dicen es sabiduría intemporal acumulada o prejuicio anticuado. Así pues, en qué podés confiar. Para estar a la altura del mundo que ya vivimos y el que viene necesitamos no sólo inventar nuevas ideas y productos: sobre todo necesitamos reinventarnos una y otra vez a nosotros mismos. Lo más importante de todo será la capacidad de habérselas con el cambio, de aprender cosas nuevas y de mantener el equilibrio mental en situaciones con las que no estamos familiarizados. Educar es servir: el mejor servicio educativo es anticiparse.

Durante el año 2020, cuando pasábamos por una escuela se oía como una voz que invitaba… entren y vean, no fue posible. Pero  desde este primero de marzo de 2021 se escucharán las voces y ruidos en el peregrinar matinal de los docentes, los alumnos y las familias a las escuelas.  Respondiendo a la invitación, ahora sí: entrando, viendo y viviendo.

Finalizo esta reflexión reafirmando lo que alguna vez, en mi juventud, un docente  expresó en una clase:

“Ningún individuo, sociedad y país puede llegar en su desarrollo mas allá de donde llegue su educación”.

Educar es servir:

el mejor servicio educativo es anticiparse.

 

La educación de hoy.

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